El arte en la pereza

En los tiempos de cuarentena, nos hemos enfrentado a un actuar de la sociedad totalmente distinta a la acostumbrada, ya que el permanecer mucho más tiempo en la casa de lo que llevamos acostumbrados, puede llegar a estresar y/o encontrarnos a nosotros mismos (desde un sentido más personal). Pero, mientras no estemos trabajando o en clase en algunos casos, entramos en un estado de ocio, un estado en donde tenemos una libertad para escoger que queremos hacer, ya sea leer, ver televisión, consumir internet o dormir; en dado caso nos hemos preguntado ¿cuál es calidad del contenido que consumimos? La calidad es más subjetiva, el contenido es nuestra selección que atiende a nuestra libre concepción y percepción.

Cuando hablamos de contenidos existen de todo tipo, ya sea, visual, auditivo o físico, pero ¿consumimos contenido que estimule nuestro pensar? Es decir, contenidos donde se presente una investigación, una aclaración, se procure enseñar un tema. En el desarrollo de este reportaje, no se buscará dar una respuesta al ¿Por qué consumimos un tipo de contenido en específico?, en cambio, buscará que el lector cuestione de forma más estricta el producto que decida consumir, tampoco se buscará obligar al consumo de contenidos de estudio, recalcaré que será una investigación con el fin de cuestionar la subjetividad al momento de elegir. En el desarrollo del documento se usará dos términos en específicos para separar los tipos de contenidos, por un lado, CONTENIDO DE ENTRETENIMIENTO (para distinguir un producto de toda índole con el fin de entretener) y CONTENIDO ARTISTICO O ARTE (para distinguir el contenido cultural).

Ahora bien, cuando un individuo se postra en una posición de descanso, su cuerpo y mente se relajan hasta el punto de literalmente no querer funcionar, esto es llamado ocio, y en cuanto a mi parecer no existe nada mejor, ese momento en que solo existimos nosotros y el universo, dónde nada importa, el cuerpo se estira y los huesos suenan de tal manera que nos relaja aún más, acostados en la cama o en el sofá, un paquete de papas o de lo que sea, una bebida fría y para finalizar una cobija que nos cubre desde el cuello hasta la infinidad, la paz en todo su esplendor; nada más exquisito que ese momento.

Imaginamos que todo está en equilibrio hasta que llaga la parte más crucial ¿Qué quiero ver? Entonces encendemos el televisor y con lo primero que encontramos jamás nos va a interesar, es ley marcial, cambiamos de canal una y otra vez, hasta que por fin damos con algo que nos va acompañar todo el rato de lucidez. Para este punto en el que todos hemos estado y queremos estar, nos preguntamos ¿Cuál es la calidad del contenido que estamos consumiendo? Seré claro en decir, que yo no veo televisión, no soy fan de su variedad de entretenimiento que me ofrece, pues considero que es sin sentido y existen otras formas de pasar ese tiempo, pero me ubicare en ella.

Es claro pensar que en tal momento de intimidad, no queremos ser perturbados por algún actor llamando a la puerta, o un mensaje de alguien indeseado, o inclusive del trabajo o la universidad, solo queremos consumir un producto para acompañar el momento, es cuando me surge el pensamiento y deseo de aprovechar el momento para ver lo que yo quiera en la televisión; con una señal pagada, tengo un sinfín de canales de todo tipo que solo buscan entretener: una novela con tramas clichés dónde la infidelidad nos ofusca, shows dónde las familias compiten unas a otras para ganar cierta suma de dinero o un canal con un reguero de videos musicales de todos los géneros.

Al terminar, este entretenimiento me deja con una sensación de insatisfacción, como si el tiempo en que lo estuve presenciando no aprendiera nada, ¡si las risas no faltaron!, pero ¿después qué? Sigo teniendo aquel trabajo de la universidad que no he adelantado, u observé la hora y no adelanté la nómina para mañana en el trabajo, es más, el momento fue tan efímero pues tenía un mensaje de aquella persona que no quiero ver y le conteste mal; es decir, no gane nada más que un descanso que fue sutil pues al recordar lo que tengo que hacer me abrumé.

Después de tan desagradable sensación tuve la oportunidad de repetir la acción, así que de nuevo: tomé mi cobija, mis papitas, mi bebida de cebada y encendí la televisión, pero esta vez con un cambio, pues conecté el televisor al computador y con esa sensación de mayor libertad para escoger el contenido que voy a consumir opté por arte. Sabías que: Hitler en su victoria en Francia dicto sacar el vagón en dónde se firmó el tratado de Versalles, lo puso en el mismo lugar, firmó la rendición de Francia y luego destruyo el lugar como símbolo de victoria; el pueblo alemán lo idolatro en ese momento, – quién se imaginaria que el director Quentin Tarantino nunca fue a una academia de cine, todo lo aprendió viendo películas del viejo oeste – el reggaetón es un género que fue considerado protestas tiempos atrás, pues era capaz de decir cosas consideradas tabú en su tiempo.

Me sonó la alarma que dictaba el final del tiempo de ocio, me concentré en lo que por obligación y responsabilidad tenía que hacer, pero la sensación era distinta, mi mente estaba a un ritmo desbordante de ideas, el trabajo de la universidad se hizo de tal manera que la nota fue la esperada, la nómina que me pidió el jefe estaba en perfectas condiciones, y al ver el mensaje de esa persona supe contestar de tal forma que no pasó a insultos. El contenido que consumimos en la pereza parece afectar más de lo que creíamos, las risas nunca faltaron, y el conocimiento se amplió de tal forma que las ideas caían como popularmente se dice “del cielo”.

Autor: Esteban Tobón.

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