Foto de: Kinga Cichewicz

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Inocencia perdida

Llevo divorciada 5 años. Por mis hijos haría todo lo que estuviera en mis manos, conocí a un hombre cuando mi hija tenía 13 años y mi hijo 6 años, era un hombre de ensueño, tenía todo lo que me gustaba, todo lo que necesitaba, mis hijos lo apreciaban, me respetaba y me admirada por completo y quería a mis hijos como si fueran de él.

Pasaron los años y comenzó a vivir con nosotros, la vida era armoniosa, se sentía tanta tranquilidad. Mis niños fueron creciendo, mi hija se convirtió en toda una señorita hermosa, y muy juiciosa, por cierto, me sentía feliz con todo, mi vida era color de rosa.

Todas las noches Emilio, mi marido, se levantaba muy tarde en la madrugada pero no veía nada raro en ello, pero una noche yo no podía conciliar el sueño, me había ido tan mal en el trabajo, que trataba y trataba pero no podía, escuché ruidos muy feos muy extraños, me levanté de la cama y vi lo que nunca esperé ver, Emilio estaba tapando la boca de mi hija mientras la penetraba horrible, ella lloraba, solo grite «Emilio pero que putas le está pasando, quítese» el cínico me dice «ella me provocó» creyó que yo era como esas mamás estúpidas que creen que sus hijos provocan esas actitudes violentas, le dije que se fuera para nuestro cuarto, hable con mi hija y le dije «Juanita mi amor porque no me dijiste esto antes» ella lloraba tanto me decía que yo no le creería, me dolió en el alma eso, nunca pensé que mi niña adorada pensará que yo no le creería «Juanita mi vida yo nunca dudaría de ti y ese animal te estaba haciendo eso, tenías que decirme porque yo te creo por sobre todo en este mundo».

Llame a Yina, mi mejor amiga, le conté todo, el asqueroso de Emilio estaba durmiendo tranquilamente, lo odio como a nadie en esta vida, porque a mi hija si me tenía a mí, yo era su mujer, nunca debió tocarle ni un solo pelo a mi hija. Yina me propuso vengarme de él y acepte, por mis hijos lo hago todo, lo dope para que no se despertara en ningún momento y lo lleve hasta mi auto, mis hijos vinieron conmigo, llegamos a la casa de Yina y comenzamos.

Cuando despertó estaba amarrado de pies y manos, sentía tanta rabia y no me importaba nada, a mi hija le dije que podría hacerle lo que quiera, nadie la debe tocar sin que ella lo quiera, no paraba de llorar me partió el alma esto y odiaba que me tuviera que pasar a mí, le quitamos toda la ropa hasta las medias, mi hija lo golpeaba y lo golpeaba “es un asco, lo odio maldito”, el solo pedía perdón, yo quería matarlo mi hija y mi amiga igual, disfrutaba su dolor, luego con unas tijeras le cortamos las tetillas, me suplicaba el miserable, mi hija le quitó dedo por dedo con un alicate, le quedamos el abdomen, el pelo, los pies, todo y él seguía suplicando perdón, no me dolió nada de lo que le hice, nada. 

Le marcamos en la frente VIOLADOR, se lo dejaría en la puerta de su casa a su mamita alcahueta que le permitía hacer y deshacer en su casa. Nadie nunca se enteró que fui yo quien lo mató, fui a su entierro, fingí cada palabra que dije, estaba feliz de que estuviera muerto. Me dejó muchas lecciones una de ellas, brindarles más confianza a mis hijos, yo nunca dudaría de su palabra, no es bueno meter a hombres ajenos cuando vives con una niña, no todos violan, pero no quiero pasar por esto de nuevo, mi hija ya sanó, la lleve al psicólogo tenía daños muy fuertes, Emilio la violaba cada noche durante un año, nunca me arrepentiré de haberle hecho tanto daño.

Autor: Laura Muñoz Rondón

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