Foto: AFP

Negar el racismo es negar identidad

El racismo estructural es parte del cimiento de lo que es Estados Unidos y en lo que hoy se ha convertido, Donald Trump no es el comienzo de este daño sistemático sino que este año hizo posible la existencia de una persona como él. 

Hay un fuego que está quemando a Estados Unidos, y la gasolina que atiza el fuego de racismo sistemático, es la presidencia de Donald J. Trump. Recientemente, en su visita a Kenosha, Wisconsin, el 1 de septiembre, el presidente clasificó las protestas a raíz del asalto policial a Jacob Blake, un afroamericano padre de tres niños, como ‘terrorismo doméstico’, y defendió abiertamente las acciones de Kyle Rittenhouse, el joven de 17 años acusado de matar a dos personas, y herir a una tercera, en las protestas.

La visita a esta ciudad se caracterizó por evadir, por completo, a la familia de Blake y, así mismo, a los activistas que buscaban cualquier tipo de manifestación por parte del presidente frente a los últimos acontecimientos. En cambio, el mandatario decidió reunirse con las unidades policiales que sofocaron los disturbios y agradeció a “la gente que hizo un buen trabajo por mí”. Su posición ante las protestas se resume en la retórica de señalar a los manifestantes como miembros de “Antifa” (abreviación de Anti-fascistas), mientras que las acciones de Rittenhouse las consideraba “interesantes”. 

En la última semana, la candidata a vicepresidencia Kamala Harris se vio enfrentada a Donald Trump y al Fiscal General William Barr cuando los personajes negaron que existe racismo sistemático en el sistema de justicia estadounidense. Harris señaló que ellos dos viven una realidad totalmente distinta, mencionando que no piensa que una persona razonable que sea consciente de los últimos sucesos vaya a disputar que “hay disparidades raciales y un sistema que está enlazado con el racismo en términos de cómo las leyes son reforzadas”, así mismo, la senadora de California  indicó que es algo que debe tratarse a pesar de que haya conversaciones incómodas al respecto, “no son conversaciones difíciles para líderes, para verdaderos líderes”.

En el caso de Barr, el oficial máximo de refuerzo a la justicia se encontraba en una entrevista de CNN el pasado miércoles, “pienso que debemos tener más cuidado en lanzar por ahí la idea del racismo”, dijo. “No pienso que sea tan común como la gente sugiere”. También negó la premisa de que existen dos sistemas de justicia, cómo dice Harris, una para los negros y otra para los blancos.

Sin embargo, esto no es verdad. Como bien lo dice Christy Clark-Pujara, profesora de historia en el departamento de estudios Afro-Americanos, en una entrevista con TIME, “Los del medio oeste no entienden su historia del racismo, así que estas cosas parecen sorprendentes. Parecen llegar de la nada o que son nuevas cuando realmente son un reflejo de lo que siempre hemos sido”. Que las realidades de las vidas negras estadounidenses hasta este momento se estén revelando no significa que nunca hayan existido, pero en la misma línea de lo que señala Harris, el sistema para un negro es muy distinto al que vive un blanco.

Hace 52 años todavía era legal el ‘redlining’, un sistema antes utilizado por bancos y la industria de finca raíz que literalmente delimitaba con tinta roja los vecindarios en los cuales vivían personas de color. Quien viviera dentro de esas líneas rojas tenían menores posibilidades de que el banco les otorgara préstamos o pudiesen solicitar inversiones en sus negocios. De hecho, los negocios en los vecindarios históricamente de personas de color tampoco obtienen mucho apoyo, obligando a comerciantes irse del área. Pues debido a que estos vecindarios no obtienen los beneficios de base imponible de impuestos, no existe financiación para negocios o escuelas del distrito, esto significa menor calidad educativa desde edades tempranas e incluso no se pueden contratar profesores calificados. 

Esto contribuye al fenómeno ‘de la escuela a la prisión’ que impacta desproporcionadamente a personas de color. Los vecindarios que son más vigilados por la policia son donde existe la mayor población de color, resultando en mayor cantidad de arrestos y judicializaciones a personas de color y, en el momento que un estadounidense es arrestado, se crea un expediente criminal, que invade todos los aspectos posibles de su vida aún cuando ya haya pagado su condena. Desde obtener un empleo hasta buscar un apartamento, todo se vuelve mucho más complicado.

Y si esto no demuestra que el racismo estructural no es real, las cifras del FBI demuestran que, aunque el 30% de la población estadounidense está conformado por personas de color, las estadísticas de sus homicidios por parte de la policía son del 43%. Un sistema así de inequitativo no podrá jamás permitir que los afro-americanos tengan una forma digna de vivir en el país. 

Es un derecho constitucional vivir una vida digna. Salir a la calle con un miedo constante no debe ser el día a día de las personas de color en los Estados Unidos de América, supuesta tierra de los libres. Con un mandatario como Donald Trump, las tensiones crecen cada día y más personas corren el peligro de perder sus vidas por sus prejuicios, pero también vale la pena señalar que este país y sus leyes de 52 años y más fueron lo que hizo posible que este hombre llegara al poder. Estados Unidos desde antes de la llegada de Donald Trump era ya un caldo de cultivo de racismo, xenofobia e injusticia. Tal vez la única solución no es sólo deshacerse del presidente, sino también del resto de sus instituciones.

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