Foto: Portafolio

Te levantaste con incertidumbre y emoción al saber que volvemos a la normalidad, una normalidad lenta y distante, pero a la vez motivante. Hoy vuelve a salir esa sonrisa de esperanza que una mañana se marchitó, al conocer por la televisión que un terrible monstruo interrumpió y que derribó una parte de ti. 

¡Noticias alentadoras!, gracias Señor. Una sensación te recorre el cuerpo, te hace la idea de que nuevamente puedes estar un paso más cerca de la persona que amas, aprecias y que más extrañabas. Nuevas oportunidades renacen en tu ser, y con ella el anhelo desde el confinamiento de hacer lo que más te gusta, pero sobre todo esas ganas de ver a tu familia.

Caminar, otra vez volver a caminar, aunque ya no con el mismo panorama. ¿Apreciaste alguna vez el panorama?, te lo recordé en muchas ocasiones, pero, tus ganas de caminar con una gringola, como la de los caballos de carreras fueron mayor. Te perdiste de un sin número de olores, texturas, figuras y sensaciones que por tu rapidez o por la inmediatez del mundo ignoraste. 

Sin embargo, hoy extrañas no haber extrañado ese pequeño aire de libertad, esa libertad que te transporta y te cautiva. ¡La decepción!, te siguen invadiendo los recuerdos de tu vida pasada, debo hacer esto, debo hacer aquello y sin mirar a tu alrededor fuiste recortando aquello que te impulsaba, te motivaba, la familia. 

Al menos, en ese tiempo de encierro te hizo reflexionar acerca del valor que tiene la familia y Dios en tu centro, redireccionaste tu cabeza y recordaste la importancia de decir un te quiero, un te amo; palabras que van cavando tu interior y alma para luego construir un templo fuerte ante las desviaciones u oposiciones externas. 

Miles de enseñanzas van dejando en la vida de todos. Un día este suceso histórico se acabará en su totalidad, y solo quedará como un recuerdo de gran peso para recordarnos el valor que tiene la vida, porque en algún momento de esta crisis sentiste que este cruel asesino llamado COVID-19 estaba tan cerca hasta el punto que creíste que en cualquier instante o momento podría tocar tu casa para arrebatarte lo que cuidaste sin desvelo. 

Este mundo es corto y la muerte llega sin darnos cuenta y en formas que parecen muy tontas como una tos o un resfriado que parece pasajero. Pero, al final cumple con su propósito. No te rindas, sigue adelante aunque sea desalentador el entorno; recuerda y no olvides lo pasajero de la vida, no cometas los mismos errores, no inviertas tu tiempo en cosas que no tienen trascendencia para que después no sientas que el reloj avanzó, avanzó, y avanzó que en el tiempo te dejó. 

Comparte, disfruta, brinda amor, alza tus alas y sigue volando. Enamora a tus seres queridos, amigos, familiares… respira aire fresco que es gratis y no lo contamines, disfruta de la brisa y cuida a los árboles que son un obsequio divino. El agua, otro obsequio que desperdiciamos sin saber que en algún momento iba a escasear, cuídalo. Se humilde y cuando puedas ayudar al necesitado, no olvides que todos podemos pasar necesidad. 

Recuerda que todos somos iguales y en esta época aportar así sea con la mínima cosa puede cambiar el entorno y la vida de alguien. Pero, sobre todo agradece a Dios por todas las bendiciones que te permite tener, porque gracias a sus misericordias y su gracia podemos alzar los ojos al cielo y contemplar ese amplio color azul que pinta el mar, esas nubes que parecen pecas y decir gracias, mil gracias.

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