Foto: El Espectador

La ablación genital femenina: una realidad que Colombia no desconoce

La mutilación genital femenina es una práctica frecuente en la mayoría de países africanos, pero también se encuentra presente en el propio territorio colombiano en la comunidad indígena Embera-Chamí. Convirtiendo a Colombia en el único país latinoamericano donde se da la práctica.

En el año 2007, se dio a conocer uno de los casos más impactantes de mutilación genital femenina, como causa de la muerte de dos niñas Embera en el departamento de Risaralda, Colombia. Este hecho, llevó a una gran preocupación por parte del Estado y también por parte de los colombianos en general que, acostumbrados ya a una cultura occidental, vieron a este acontecimiento como algo violento.

La ablación o mutilación genital femenina se describe, como “cualquier procedimiento que lastima los órganos genitales femeninos por razones que no son médicas”, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este es un procedimiento en el cual los órganos genitales femeninos son cortados, lesionados o eliminados de forma parcial o total. Según la ONU, una de cada 20 niñas y mujeres han sufrido alguna forma de esta mutilación y tiende a acarrear consecuencias severas para la salud física y psicológica de las mujeres que la han sufrido, como hemorragias prolongadas, infecciones, infertilidad e incluso la muerte. A largo plazo, se puede generar ansiedad, depresión y/o desconfianza a nivel psicológico.

Al menos 200 millones de niñas y mujeres de 31 países, entre los 15 y 49 años, han sido sometidas a esta práctica a nivel mundial, según Unicef. La práctica es frecuente en ciertas comunidades africanas, repartidas en alrededor de 30 países respectivamente. Como indica la ONU, en naciones como Somalia, Guinea, Djibouti y Egipto, más del 90 por ciento de mujeres y niñas del país han sufrido la extirpación parcial o total de sus genitales externos. Como también se practica en España, país donde está prohibida.

¿Cuál es la razón?

En algunas culturas, los argumentos para infligir esta mutilación es por una serie de motivaciones distintas, generalmente relacionadas con la posible vida sexual de la niña y mujer que la sufre. Abarcan desde la aceptación social, ya que algunas comunidades la consideran un prerrequisito matrimonial como una forma de conservar la virginidad y, así mismo, aumentar el placer masculino hasta ideas erróneas sobre higiene.

En realidad, no existe ningún tipo de ventaja higiénica o beneficio para las mujeres afectadas, simplemente es visto como un rito o práctica cultural para controlar el cuerpo de las niñas y mujeres de la comunidad. En su mayoría, es practicado durante la infancia y en condiciones sanitarias deplorables. Muchas veces se reutiliza la misma cuchilla para todas las niñas de un mismo día. Otras, ni siquiera se lleva a cabo con una cuchilla, sino con las mismas uñas.

Colombia no es ajena a esta práctica. El caso de la muerte de las niñas Embera en el 2007 trajo a la luz esta costumbre dentro de las comunidades indígenas del país. De hecho, Colombia es “el único país de Latinoamérica donde se realiza” la ablación de clítoris, señala el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) a BBC, incluso en Ecuador, donde existe la misma comunidad indígena, “no existe la práctica”.

Enrique Santamaría Echevarría, investigador docente de la Universidad Externado, señala cómo, desde la jurisprudencia colombiana, esta práctica puede considerarse más allá de un caso de violencia intrafamiliar, una conducta completamente violatoria de los derechos humanos. Pues, por interpretación de la Corte Constitucional, “las comunidades indígenas tienen una cosmovisión diferente y por tanto no puede clasificarse como delito de violencia intrafamiliar”, dice Santamaría,  “entonces en este caso no hay antijuricidad y por tanto no puede condenarse por tal delito”.

A raíz de la conmoción generada alrededor del acontecimiento del 2007, las comunidades recibieron muchas reacciones negativas para algo que, para ellos, es una práctica completamente natural. Incluso, en su momento se consideró quitarle las hijas a las madres que les practicaban esto, pero esto significó un riesgo de que la comunidad se silenciara respecto a sus costumbres, y no dejase que se investigara más al respecto debido al escarnio público. “Este caso generó una estigmatización tremenda de la comunidad de Embera-Chamí” comenta Santamaría.

Pues, aún respetando la cosmovisión de la comunidad, se considera una costumbre perjudicial para la salud e integridad de las mujeres y niñas. “El asunto es que lo que sí hay es violacion de derechos humanos de las menores y la pregunta que surge allí es cómo actuar”, explica Santamaría, resaltando que si se da una imposición por parte del estado para que haya una prohibición total sería infectivo. La alternativa que puede quedar a consideración para mayor seguridad de la comunidad, es sentar diálogo con ella para solucionar la problemática y, así mismo, rescatar la dignidad de sus integrantes.

Hoy en día, la UNFPA ha reconocido que aún se practica la ablación femenina en algunas comunidades indígenas del país y que, además, no se conoce una cifra exacta de cuántas mujeres y niñas son sometidas a ella. Esto significa que aún hoy en día existe un peligro para las niñas y mujeres del país. Surge entonces la pregunta, ¿cómo puede abolirse esta costumbre sin que las comunidades consideren que es una alteración a su cultura? 

La respuesta podría estar entre los hallazgos de diversos antropólogos e historiadores, que han considerado la idea de que se trata de una práctica introducida por un grupo de monjas que vinieron al territorio en el siglo XX o que fue algo que los indígenas adoptaron de los esclavos negros musulmanes provenientes de Malí alrededor del siglo XVIII. 

Si esto es así, podría facilitarse la erradicación total, pues se demostraría que es una costumbre ajena a su verdadera cultura y, por ende, no habrían consecuencias, en cuanto a la lealtad que se tiene con la comunidad, para quienes la dejen de practicar.  De la misma manera, con este descubrimiento se demuestra que no sería un irrespeto al legado y cosmovisión de estas comunidades.

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