Foto: Divaguemos Juntos.

Tras unos minutos se sentó allí, justo a mi lado. Su olor era casi como a rosas, algo bueno, pues a decir verdad en estos buses los olores a comida, perfumes y demás se suelen combinar y el mareo es insoportable. Cuando su maleta no cupo en el portaequipaje, al sentarse se enredó en mi saco, en una carcajada y un ¡perdón!, tras liberarme le ayudé con su maleta, solo era cuestión de un par de empujones más.

En el momento en que el bus arrancó hicimos como si nada, luego de salir de la ciudad, tras una hora o más de soportar el aire acondicionado, tomé una chaqueta de mi maleta y se la presté.

  • “Asumí que el camino a los llanos iba a ser más caluroso”, susurró mientras agradecía y rechazaba el detalle que terminó por aceptar.

En la primera parada bajamos a comer algo, se sentó a almorzar junto a mí, tal vez para tener un compañero de viaje o por simple casualidad.

Al llegar nuevamente a nuestros asientos el silencio se hizo natural, no importaba la música en nuestros audífonos, o los juegos para distraernos de ese momento en que nuestras manos se cruzaron. Como un pacto nos tomamos fuertemente de la mano, mientras el camino se hacía más corto para llegar a nuestro destino podía sentir su pulso entre mis dedos, sus suspiros eran como leves oleajes y nuestra forma de tomarnos era como si nos conociéramos de siempre.

Parecía una historia de los libros, de esas que ocurren una sola vez en la vida, lo más extraño es que nunca preguntamos nuestros nombres o dijimos algo al respecto. Nos conocimos en silencio, como en una escena de cine mudo, en dónde se dijo todo sin siquiera decir una palabra. Finalmente el tiempo se detuvo, era hora de partir tomamos nuestras cosas y con una mirada nos dijimos adiós o tal vez hasta pronto, pero ahora sólo recuerdo su aroma.

Antología de una historia anónima.

1 thought on “Silla 46

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *