Foto: Esteban Tobón

Cuando los ángeles tocan la tierra

Mahel se encuentra sentado en una banca cualquiera en la mitad de un parque, hablando consigo mismo mientras hace gestos, como si tuviera al frente alguien que lo escucha detenidamente, en su voz pueden percibirse las diferentes sensaciones como: conformidad, felicidad, desaliento, y todo sentimiento que genere su pregunta a contestar.

  • ¿Si verdaderamente soy libre, por qué mi cuerpo se siente pesado, agitado? ¿soy quien maneja mi tiempo o le pertenezco al mismo tiempo? – mirando hacia la derecha.
  • Sería alentador probar, aunque sea por unos milenios la inmortalidad y aun así seremos olvidados, si somos del tiempo, disfrutemos el chispazo de vitalidad racional conociendo el mundo. – Mirando a su izquierda.
  • El mundo es grande. – Mira al cielo.
  • Es enorme, pero cada persona a mi alrededor es uno, lleno de vivencias y secretos en tampoco tiempo conoceré el mundo. – Mira fijamente mientras muerde su labio de forma tentativa.

Se levanta, camina cuesta abajo divagando entre pensamientos, por cada golpe de la vida que ha recibido cambia el gesto en su rostro, ignorando las miradas ajenas; busca comprender el daño causado por su propia mano a su alma, luego se detiene en una caseta, compra un cigarro y como si conversara con la vendedora dice.

¿Por qué el mal tiene justificación mientras que el bien solo incrementa la traición? – Mirando fijamente al vendedor sin parpadear.

  • Disculpe solo divagaba – Sonriendo.

Continúa su camino mientras sonríe reluciendo toda su dentadura mirando al cielo y sin darse cuenta choca con un niño que pasaba por las avenidas, ignora el incidente, pero su gesto demuestra miedo como si con un fantasma atravesara su cuerpo.

Gira a la izquierda; un hombre de traje y máscara de cerdo lo acecha fijamente, asustado, intenta correr, pero sus piernas son agarradas por el niño de antes, aunque tiene un aspecto diferente, más sucio, más delgado y semi desnudo.

Mahel se agarra la cabeza fuertemente cerrando sus ojos soltando un grito desgarrador, una mujer mayor de edad se le acerca.

  • Joven, levántate – ofreciendo su mano.

Alza la mirada, con cabellos largos de buen vestir, la mujer le sonríe; Mahel rechaza la ayuda recomponiendo su postura, agacha la mirada, sacude el polvo. Al regresar sus ojos a ella una morada en su boca, el pelo recogido, sus ojos con el maquillaje corrido y sus manos atadas. La depravación sobresale en el chico, abofetea a la mujer, la desprecia continuando su camino.

  • ¿Son los pecados ajenos o son los míos? ¿Dios puedo ver la verdad en los corazones? – Se pregunta al frente de una ventana.

Escucha a lo lejos su nombre, ¡Mahel! Dobla su cuello reconociendo tres siluetas verdosas salidas de la mente del propio H.P. Lovecraft, atónito, sudoroso, inmóvil; percibe el camino.

  • Jajajajaja míralo, no sabe cómo reaccionar, patético.
  • Su peinado es extraño, es un fenómeno.
  • En verdad va así vestido, no tiene vergüenza.
  • Pobre joven, no sabe que está enfermo.
  • Ante los ojos de Dios eres un pecado.

Mahel regresa su mirada aterrorizada a la vidriera, encontrando un reflejo distinto; su pelo largo, vestido en lentejuelas, totalmente maquillado. Bogotá prestó atención a la conversación en el parque, lo convirtió en un ciudadano, alguien cotidiano invisible y al mismo tiempo centro de atención, la dicotomía de lo cotidiano, lo absurdo, lo anormal.

Reconoce que no será el único ni tampoco el último en ser devorado, él se ha convertido en un caníbal moral como el resto. Sabe cómo llegó a esta ciudad, cayendo desde las estrellas en una bola de fuego, conociendo que los deseos se pueden cumplir y tal vez seleccionó mal.

  • ¿Se nace puro y con el tiempo nos corrompemos en la libertad? – Observando el cielo entre lágrimas.
  • Señor, ¿por qué los has abandonado?

El cigarrillo va a la mitad, contemplando el paisaje citadino en la noche silenciosa, Mahel, sonríe con satisfacción luego pasa a la carcajada y de inmediato se torna serio.

  • Ciudad hermosa, apestas a mierda, eres ignorante y a la vez sagaz. – Acurrucado en voz baja.
  • Ladrona de inocencias, creadora de expectativas, universo de mentes algunas pequeñas otras indescifrables seré tu bibliotecario y expositor de secretos. Lo anormal es lo normal en ti, me convertiré en lo más extraño dejando de ser una sombra sin importar que sea olvidado en la eternidad del tiempo. – Exaltado, lleno de alegría, arroja su cigarrillo y le da la espalda al paisaje.

Como si fuera un explorador, se aleja lleno de confianza con el ego hinchado, sin temor a la noche y preparado para observar de primer ojo como los mundos compaginan entre sí, listo para ver la normalidad.