Foto: María Rodríguez

Violenta es la realidad de Colombia

“Si un pueblo protesta y marcha en medio de una Pandemia, es porque su gobierno es más peligroso que el virus”; “el gobierno está acabando conmigo y con mi pueblo”; “no es justo que el personal de la salud reciba sueldos mínimos por salvar vidas y los congresistas ganen millones por destruirlas”.

Frases como estas acompañan y representan a los manifestantes en las marchas que se han venido dando desde el 28 de abril del presente año, fecha en la que iniciaron las movilizaciones.

El documento que consta de 163 artículos o “propuestas” ha logrado causar una gran inconformidad por parte de los colombianos y, seguidamente, unión de estos en contra de la Reforma Tributaria del 2021.

En los artículos se encontraban propuestas como el incremento del IVA en productos de la canasta familiar y servicios públicos y funerarios. En cuanto a los servidores públicos, el aumento de sus salarios sería congelado. También se recortaría la inversión en órganos de presupuesto como la salud, exceptuando a las fuerzas militares. Entre otros cambios que traía consigo la Reforma Tributaria.

Por lo anterior, al conocerse la propuesta, la mayoría del país se opuso en contra de que se llevara a cabo el proyecto de “Ley de Solidaridad Sostenible”, como lo llama el Presidente Iván Duque y su Gabinete, puesto que todos los colombianos de estrato medio y estrato bajo se verían afectados de forma severa.

Sin embargo, gracias al paro nacional y a la insistencia y resistencia de quienes a voz alzada pedían retirar la Reforma Tributaria, el presidente Iván Duque ayer, en horas de la tarde, anunció que esta sería reestructurada porque “la reforma no es un capricho, es una necesidad”; por ende, las personas siguen en pie de lucha y el paro no ha finalizado. Además, es bien sabido que es necesario estar alerta y a la expectativa de las decisiones que posteriormente tome el Gobierno.

Por otro lado, a pesar de que los estratos superiores no se ven muy perjudicados, muchas personas públicas, famosos e influencers han mostrado empatía con sus compatriotas, y de manera solidaria y pacifica se han manifestado en las redes sociales, y algunos en las calles.

En cuanto a las marchas se refiere, hay quienes están de acuerdo y hay quienes no lo están. En canales nacionales suelen tildar a los protestantes como “vándalos”, mostrando escenas de conflictos en los que los victimarios suelen ser los protestantes; sin embargo, son solo minutos de grandes acotamientos, expuestos con el fin de dar mala fama al paro nacional.

A raíz de lo anterior, algunas personas que rechazan el proyecto también rechazan las marchas, asegurando que de ese modo no se conseguirá nada, y que además aumentan la violencia. Lo cierto es que de muchas maneras se ha protestado y ninguna ha sido de mucha ayuda; además de esto, la violencia que viven muchos es incomparable con la que se da en los paros nacionales, que, cabe mencionar, a veces es provocada por las autoridades, quienes en vez de proteger al pueblo y a aquellos que se manifiestan de forma pacífica, atacan sin razón.

“Violentos son los que provocan la desigualdad social, no los que luchan en contra de ella”. En Colombia abunda el irrespeto por la vida de parte de las autoridades, quienes en ocasiones matan, como es el caso de Javier Ordoñez, quien murió en manos de la Policía Nacional. El Escuadrón Móvil Antidisturbios también abusa y violenta, como fue el caso de Diana Fernández, quien fue abusada de manera carnal por parte del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD), y a estos mismos se le atribuye también la muerte de Dilan Cruz, Santiago Murillo…; y el caso más reciente: Nicolás Guerrero, a quien atacaron cuando se encontraba indefenso en una ‘velaton’. Esto para mencionar algunos casos de violencia de forma literal; sin embargo, en este país regido por corruptos, la violencia es un pan de cada día.

Ahora bien, lo que pide el pueblo no son regalos, no se trata de obtener bienes sin esfuerzo alguno. La realidad es que las oportunidades para las personas de bajos recursos son escasas; sumando a esto que todo colombiano tiene derecho a la salud, la educación y demás bienes con lo que muchos no cuentan.

Por ejemplo, en algunos hogares deben decidir si los menores estudian o trabajan, y estudiar implicaría pasar hambre, entonces la realidad de estos no es tan simple como la de la clase media y alta. “Estudien, vagos”, dicen o reclaman buenas calificaciones a un estudiante que no tiene lo esencial para vivir o una vida digna; o también exigen títulos de pregrado y experiencia de años con los que la mayoría de desempleados y personas de bajos recursos no cuentan. Y aún con todo esto manifiestan: “Son pobres porque quieren, eso les pasa por no ahorrar”.

Desde la comodidad de una estructura física llena de lujos llamada hogar, es fácil juzgar la manera en la que se quejan aquellos que tienen poco y, en el peor de los casos, lo han perdido todo. Es fácil indignarse por las paredes pintadas y vidrios rotos, pero es difícil indignarse por la vida y las injusticias diarias con las que muchos viven.

La falta de empatía es un problema gravísimo en el país que contribuye al crecimiento de la desigualdad social; porque a su vez, también retarda la unión de un pueblo que está cansado de ser víctima de múltiples injusticias.

Sin embargo, Colombia está despertando, el pueblo se ha dado cuenta de que la unión puede incluso acabar con la dictadura; por eso, es necesario no desistir y seguir en pie de lucha, para finalmente mostrar el poder de la sociedad, desde ahora y en las próximas elecciones, tiempo en el que el delincuente del paro se convierte en ciudadano.