Foto: HBO Max.

Todos los pájaros parecen uno solo

A veces pienso en si los pájaros tienen más que un rostro, en si es posible encubrirnos con las sombras cuando la noche se hace antigua. The human voice, el más reciente cortometraje de Pedro Almodóvar (inspirado en el monólogo de Jean Cocteau), es esa sombra: el sarpullido del desamor. El brote que —por más que quiera— no puede ser secreto, porque es la voz humana, las manías que la protagonista tiene durante la cinta.

El cortometraje nos remeda la imagen del despecho. Una mujer habla por teléfono con su exesposo mientras sabe que será la última vez que lo escuchará, porque, al día siguiente, el hombre volverá a casarse con alguien más. Es sugerente que la expresión común para designar el casamiento sea «Contraer matrimonio». El término «Contraer» ya nos habla de asumir un pacto, de poner el «Sí» en mayúscula. La sílaba se agranda mientras, paralela y paradójicamente, los dos seres aceptan encogerse. Pues contraer es también reducirse ante la inmensidad del sentimiento. Por lo que el «Sí, acepto», pronunciado en cualquier ceremonia, es una venia a la flaqueza. El «Sí, acepto» equivale a decir «Deseo ser vulnerable. Si es cierto que estoy hecha de agua, las lágrimas son sagradas».

En el transcurso de la llamada, la protagonista nos contagia el mordisqueo de la despedida. Poco a poco se va desvaneciendo en el ruido de los recuerdos —si es que es posible la memoria para los humanos—. Junto a ella: temo. Yo soy ella; ella es yo. Ella es tú. La sombra que mencioné al inicio es eso: una repetición. Entonces, es posible que el singular se vuelva plural. Ella es nosotros. Todos los pájaros parecen uno solo.

Ya Marcel Proust había insinuado en ‘En busca del tiempo perdido’ que el dolor de la ausencia comprueba el amor. Por eso, las rupturas —cuando todavía se ama— son un luto. Luto que alguna vez todos sentimos, ya que las separaciones no se dan solo entre personas. El cuerpo entero se vuelve un velo negro que no puede tambalearse ante el olor de las velas o de los sahumerios, porque adentro solo hay agua, agua salada… Pero ¿a qué huele el agua?

En el desamor, la esponja ya no quiere ser robusta sino acuática; la solidez pide ser líquido. El amor se niega a ser costumbre y reclama ser congoja desmesurada porque, tal vez, el desamor es el único reflejo en el cual el amor puede verse clonado. El desamor y el amor son uno mismo.

Entretanto, la mujer del monólogo de Cocteau, que es la misma de Almodóvar, le pide al hombre que queme las cartas, pero que guarde las cenizas en una cajita que tiene forma de concha. Ansía que los papeles calcinados se encierren dentro del sonido casi lejano del mar. El cineasta, por su parte, quiso que viéramos el lugar en llamas. Gracias a Pedro Almodóvar presenciamos la ruptura y el luto en una bodega vacía. En el cortometraje, el desamor es la cripta donde el eco existe. Las paredes desocupadas hablan del lugar que es un hueco. El lugar que es un cuerpo enterrado… un corazón hundido. Allí, hasta las maletas —que guardan la ropa desinflada del hombre— están hartas de esperar. El pasado no vuelve, aunque se desee. Los huesos de la mujer se vuelven invisibles. Ya no es necesario el colágeno, porque adentro de ella ya no hay algo que sostener. Todo ha quedado amputado.