Foto: Alberto Giacometti. (Retrato de Jean Genet)

La eternización del «no»

La sílaba «no» siempre me ha parecido una de las más eternas, incluso cuando sé que nada es eterno para nosotros, porque es imposible que conozcamos lo que está por fuera del tiempo. El «no» es más que el sonido de la negación. Cuando alguien dice «no» en realidad está roncando, y es cierto que solo roncamos cuando estamos dormidos, o sea, cuando la intimidad ocurre, porque el sueño es lo único impenetrable. Dormir es el faro estirado que espera a las orillas de un mar negro; roncar es el crujido de los pulmones dentro del silencio. Por eso, el «no» está plagado de dudas que son eternidades, el «no» nunca concluye: es solo la trampa que nos permite disimular nuestra imposibilidad de estar quietos, de estar inhumados en un cajón que tiene piernas y brazos de huracán. Cuando digo «no» siento que mi nombre es un verso de Alejandra Pizarnik, siento que me alargo como un poema dedicado al océano.

Hablo del «no» que se desdobla; no del que es entero. A veces el «no» es «no», sin más: solo «no». Pero yo no hablo de ese, hablo del «no» que es paradoja, de la negación que es un modo de existencia. El «no» que, si lo escurro, puede llegar a ser un «sí» o, por lo menos, un «tal vez». Hablo del «no» que Alberto Giacometti gritaba cuando una de sus pinturas le parecía insatisfecha; hablo del «no» robusto que tachaba los párrafos de Franz Kafka; hablo del «no» que todos pronunciamos ante la gordura de una desgracia. El «no» es la sílaba a través de la cual el dolor habla. La negación se vuelve hambre para que el alma llegue hasta el estómago y ahí se quede.

Alberto Giacometti aseguraba que sus retratos eran inacabables; Franz Kafka, por su parte, creía que sus escritos eran indeseables. Por lo que ambos pasaban los días en una postergación infinita: el «no» se hacía eterno. Llegados a este punto, es valioso destacar la vulnerabilidad del artista. Hay que decir que el artista —como los demás hombres— tiene un corazón endeble. Para el escritor checo, una piedra pudo haberse desgarrado igual que un ramo de flores. La piedra se mutila a sí misma, por ser la única con memoria. Los artistas coinciden en dos aspectos. En primera instancia, tanto Giacometti como Kafka se hunden en la herida de las inseguridades. Hasta Homero, el gran poeta griego, permitió que en uno de los cantos de la Ilíada Venus se sintiera dolida. Al contrario de los medrosos, el artista no esquiva sus temores: el artista nunca es un prófugo de la angustia. Además, ambos —el suizo y el checo— recurrieron al fuego como representación del «no».

Según Heráclito, el fuego es la movilidad continua, el rechazo de lo fijo. Alberto Giacometti, casi por instinto, quemó muchos de sus bocetos. Franz Kafka, en cambio, le pidió a Max Brod que quemara sus manuscritos. De nuevo, el «no» rebotó para ser un «sí». Acudir al fuego fue volver a la creencia del devenir. El fuego —siempre viviente— guardó como suya a la oscuridad. A pesar de las llamas, siempre hubo vida para las obras de Giacometti y de Kafka. El fuego y el «no» nos demuestran que el mundo es un lugar de ofrendas: sin saberlo, nos ofrecemos los unos a los otros, para alumbrar la cucaracha que llevamos dentro. Negarse es saber que la vida no es eterna, pero sí inacabada. Ni siquiera los sueños se acaban: cuando despertamos no tenemos la certeza de un final. Nada está lleno, aquí no hay fondos, el ayuno del sol es interminable.