En esta comarca, donde las gallinas cacarean de noche y el barro enrolla los huesos de fósiles que hablan, hay un hombre que insiste en llevar un reloj adelantado a la altura de los páramos. Iván Duque Márquez sigue queriendo encaramar su nombre al no-tiempo, al futuro que —si llega— estará entumecido por calendarios cuyos números se niegan a repetirse, porque al derecho o al revés evocan el sinnúmero de inmolaciones que el mandatario ha permitido. Aquí hasta los números han sido masacrados.

En los últimos días el gobierno nacional rubricó un contrato de más de cuarenta millones de pesos para la compra de 1.409 monedas hechas en bronce y oro: piezas que serán entregadas como recuerdo a los invitados de reuniones públicas. Las monedas tendrán grabadas el escudo de Colombia, la Casa de Nariño y la firma del presidente. Una vez más nos chorrean con monolitos de soberbia; la soberbia de un hombre que tiene el ansia de ser tragado por la eternidad sin siquiera ser minúsculamente memorable.

Lo que Iván Duque Márquez está haciendo es acicalar su nombre para convertirlo en elemento arqueológico; desempolvar su registro civil para exhibirlo en el museo de las heridas, de los arañazos que siguen hundiéndose en pieles trasparentes, porque ya han sido carcomidas por los animales cercanos a lo opaco. El dirigente rechaza ser lo que todos seremos: una carroña. Por eso, las monedas pueden ser comparadas con los monumentos de colonizadores que hasta el día de hoy perduran como fantasmas de mármol.

Aunque algunos de los funcionarios de la administración se han esforzado en argumentar que las monedas tienen un mérito simbólico, es enervante que los emblemas —y la memoria— tengan también que capitalizarse. Si bien las monedas no funcionarán como material de intercambio en trámites comerciales, estas sí representarán la altivez de una propiedad: la moneda que por ser edición limitada es una medalla de galería. Con las monedas los recuerdos se metalizan; la nostalgia desaparece del pasado, puesto que el bronce y el oro no alcanzan a enmarcar la ruina. Entonces, las monedas, pese a estar firmadas, no conseguirán pronunciar la palabra «Ayer».

La firma que morderá a los círculos de metal, más que una distinción, es una vanidad; es el deseo de suprimir los demás pronombres para bautizarse como «Yo». La firma de Iván Duque Márquez me recuerda a la firma de «Yo el supremo», personaje de Augusto Roa Bastos. Tanto el presidente como el supremo buscan enraizarse en la canícula de un volcán: ambos persiguen lo imposible. Iván Duque Márquez no quiere ser un anónimo; por el contrario, quiere ser eso: «Iván Duque Márquez». La etimología de sus apellidos, casi como mito, le donan su mando.

Desde siglos anteriores «Duque» es un título nobiliario que sitúa al hombre dentro de la nobleza. Es un título que está por encima del marqués, pero que es menor al de un rey. El nombre del presidente de la república es una sucesión impoluta de connotaciones: los dos apellidos están antecedidos por alguien que no es él. Iván Duque Márquez, con el nombre completo, es quien a veces manda, quien tiene el rótulo de duque y marqués. Pero Iván, solo Iván, es el monarca: Álvaro Uribe Vélez.

Los marqueses eran los encargados de acotar los territorios en las zonas fronterizas, es decir, marcaban la tierra. Iván Duque Márquez, en su condición de marqués, marcará las monedas. Su firma será el intento de transfigurarse en pólvora, pero en pólvora mojada si recurrimos a la expresión de Gabriel García Márquez —otro marqués que sin monedas pudo cavarse en la memoria que no es cucaracha de archivo—. Las monedas del dirigente, antagónicas a lo que él quiere, son en realidad la desmemoria. La desmemoria de personas que, cuando hay suerte, abandonan las monedas en el bolsillo de sus chaquetas.