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Los frailejones que hasta soñando se inflan de agua

La antigüedad está en el páramo, allá donde hay lluvia sin que llueva, donde los soplos son agua y los charcos aparecen como déjà vu, donde los troncos cavan las estrías y la tierra huele a arrugas. La antigüedad está allá donde fuimos peces y esponjas sin mar. «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», así comienza Pedro Páramo de Juan Rulfo. Aludo al inicio de la novela porque los páramos de Colombia vienen pareciéndose cada vez más a Comala: al erial que ahonda tumbas y no árboles de mandarina. Comala, más abrasadora que el infierno, está llena de ecos, ahí no existe el aire —y la vida— porque el pasado se repite en forma de círculo. Allá el tal Pedro Páramo es un fantasma; acá el oso de anteojos —que vive en el páramo— se está convirtiendo también en un tal, el tal que solo puede ser del pasado y, por eso, otro fantasma.

Colombia es uno de los países con más páramos del mundo; sin embargo, los ecosistemas paramunos se están menoscabando a causa de la minería y la agricultura, principalmente. Por un lado, la extracción de carbón ha provocado que la humedad se convierta en piedra y, por el otro, la siembra de cebolla y papa ha ocasionado que los diluvios ya no sean de agua sino de pesticidas y fertilizantes. Además, habría que sumarle al deterioro la ganadería y la caza del oso de anteojos. A veces para el campesino, matar un oso es señal de honra; pues amortiguar a la «fiera», con la muerte, ha sido desde siempre motivo de renombre, de rebautizo. El hombre se dice a sí mismo: «Yo, aunque no haya nacido, soy Agamenón». El ser humano no se admite como bestia, pero tampoco admite que otro, aunque sea un zancudo, sea más bestia que él. El zumbido del zancudo no puede ser más perdurable que el silencio de la noche: el hombre junta sus dos manos para que el silencio se corte con una palmada y no con la presencia de un insecto. El zancudo muere y el hombre, ahora dueño del silencio, cree que le nacen las alas del que acaba de aplastar.

El oso de anteojos, según cálculos científicos, sobrevivió a la Edad de hielo, no obstante, la deforestación y el calentamiento global lo están amenazando con más ímpetu. Es una salvajada —y casi una chanza— que hace dos días Iván Duque, presidente de la República, haya recibido el premio ambiental de conservación del instituto ICCF Teddy Roosevelt, cuando recientemente el organismo Global Witness informó que Colombia se posiciona en el primer puesto de los países donde más se asesina a líderes ambientales. El galardón concedido al mandatario parece una de las comedias latinas de Plauto, una de las que terminaban no en risa sino en hastío. Por añadidura, los páramos no solo tienen que luchar contra la actividad humana, también tienen que batallar contra las especies invasoras. El retamo espinoso, una planta que proviene de Grecia, es otro de los antagonistas que subsisten en los páramos, puesto que ahogan al frailejón. Mientras que el frailejón crece uno o dos centímetros al año, el retamo espinoso crece lo mismo en un mes; por eso, se convierte en el arbusto que despoja al frailejón de agua y luz. La enemistad entre el retamo espinoso y el frailejón me hace pensar en el verso de Eliseo Diego «Da pena estar así como no estando». Para que el frailejón viva, hay que erradicar al retamo espinoso; entonces, el retamo espinoso es un abolido: está para no estar.

En los páramos, además de los frailejones, el musgo también atesora al agua: dentro de su delgadez el líquido espera. Un cuadrado de musgo almacena más agua que la que almacena un balde cuando llueve. La fragilidad del musgo resulta ser más acuosa que la solidez del balde; quizás sea por eso que las lágrimas salen de los ojos y no de la boca: la sal lava a las pestañas y no a los dientes. Aunque el sol se esconda debajo de las rocas y el páramo pueda convertirse en un mausoleo pedregoso de ecos —como pasó en Comala—, los frailejones, que hasta soñando se inflan de agua, esperarán seguir guardando a la neblina. Los páramos no pueden convertirse en el pueblo de Pedro Páramo, ese donde las soledades se buscan las unas a las otras, para decir con el mutismo que ya nada más queda sino la muerte.