La trata de personas es un tema muy delicado al cual no se le da importancia que merece, pues cuando sale una nueva noticia acerca de este asunto, se vuelve el titular principal por unos días de los medios locales, pero luego regresa al cajón del olvido; incluso para las autoridades competentes, quienes dicen estar haciendo “todo lo que está en sus manos” ante dicha situación. Sin embargo, resulta evidente cómo se olvida o se pierde la noticia en la próxima agenda Setting, aunque lo ocurrido jamás será indiferente al corazón y la angustia de las familias que han vivido tal violación a los derechos humanos.

Ciudades como Cartagena tienden a verse más afectadas, ya que es un punto turístico en Colombia, convirtiéndose así en un lugar de llegada para personas de diferentes países del mundo. Según datos de la Fundación Renacer, hasta el mes de julio de este año fueron reportados 202 casos de delitos sexuales, mientras que en el 2018 explotó el caso de la mayor proxeneta en la ciudad: Liliana Campos, más conocida como “Madame”. Adicionalmente, los valores pagados por varias personas oscilaban entre los dos y tres millones, con el fin de participar en fiestas sexuales, dentro de las cuales probablemente había menores de edad.

El problema es que pese a la captura de un o una proxeneta, esta explotación la continúan otros, entonces cuando las autoridades dicen que “están haciendo todo lo posible”, ¿a qué posibilidades se refieren? Realmente es tan fácil decir, recitar el mismo libreto cuando las víctimas no son sus hijos o familiares, es tan sencillo continuar la vid, cuando no es la tuya la que están acabando y destruyendo; comen callados, nadie sabe nada.

Si tuviéramos que compararlo con una canción, aquí encajaría sin duda el tema de Shakira: ciega, sordomuda, porque nadie nunca ve, escucha, dice o hace absolutamente nada; lo que deja de lado los cientos de víctimas sometidas a malos tratos y sometimientos, tratadas como objetos a la espera de ayuda. Los paisajes coloniales de la ciudad amurallada quedan empañados por estos actos, la esclavitud perpetua de la que hablaba Joe Arroyo continúa.