La pandemia ha dejado rezagos, y ahora que ya todo, poco a poco, va volviendo a la normalidad, es momento de parar un instante, mirar a nuestro alrededor y entender qué es lo que ha pasado. Actualmente, muchos países ya se encuentran con una presencialidad del 100%, incluso algunos han decidido que el uso obligatorio de tapabocas debe pasar a segundo plano, pues el plan de vacunación ha avanzado a una velocidad impresionante y es hora de volver al mundo en el que estábamos.

Recordemos que hace aproximadamente un año el mundo parecía estar en una realidad bastante subjetiva y abstracta, en el aire se respiraba todo el pánico que un virus estaba causando en las personas, el planeta tierra paró: ya no había carros por las autopistas; muchas fábricas se detuvieron, dejando de producir gases tóxicos para el ser humano, y se vio la necesidad de que las personas se refugiaran en sus casas y no salieran, a menos de que fuera estrictamente necesario. El mundo parecía estar en una de esas películas distópicas de las que tanto huíamos, como “Soy leyenda”, o ese mundo posapocalíptico que siempre habíamos temido. Todo se detuvo.

Horas interminables en un encierro continuo. La rutina se trasladó al hogar, muchas familias que antes no convivían constantemente se vieron en la obligación de hacerlo. En ocasiones, esto era algo bastante bueno, pues ayudaba a estabilizar un poco la confianza; en otras, era malo, pues se empezaban a evidenciar casos de maltrato infantil e incluso de género. Los meses pasaron y todo continuaba como al principio, se tenía la perspectiva de que nada iba a cambiar y que de verdad no había solución. Pero… del afán solo quedaba el cansancio.

Todo se volvió muy turbio, las muertes que había por este virus iban en aumento, los cementerios ya no tenían espacio, los hospitales empezaron a colapsar, la gente se desesperó, sin embargo, algunas fuentes hídricas se descontaminaron, el mar devolvió la basura que se encontraba por el camino, la calidad del aire mejoró, los ríos empezaron a fluir mejor y, debido a tanto silencio que en ese momento había en muchos rincones del mundo, aparecieron animales silvestres explorando jardines de casas y animales acuáticos volviendo a aquellos lugares de donde anteriormente habían sido expulsados.

Muchos niveles de contaminación en el aire disminuyeron considerablemente y la tierra se estabilizó como nunca lo había hecho en años. Cuando colocamos esto en perspectiva, nos preguntamos: ¿Estamos listos para volver? Y no me refiero a esto de la normalidad laboral o académica, sino más bien a si realmente reflexionamos durante dicho año con respecto al cambio climático. Ya sabemos que la tierra se recuperó un poco, pero ¿de verdad está preparada para volver a la rutina?, ¿podrá soportar el ajetreo constante de fábricas, desequilibrios, pesca indiscriminada, deforestación, entre otras cosas? Eso aún no lo sabremos. En realidad, deberán pasar años para poder observar las consecuencias de esa vuelta a la normalidad en el planeta. Y, aunque todo por el momento se ve de un color más cálido, esperemos que la humanidad haya reflexionado con respecto a todo lo vivido; no podemos luchar en contra del poder de la naturaleza, pues  es realmente magistral. Nosotros somos los ajenos, los infractores, los ingenuos e invasores. Somos los que durante siglos no han entendido que estamos en un planeta que es prestado, que no hay ningún otro como este y que, si no lo cuidamos adecuadamente, los recursos se van a agotar.

Es por esto que la cumbre climática realizada por estos días en Glasgow es tan importante, pues allí muchos países se reunirán para llegar a acuerdos (que ojalá no se queden solo en palabras), pues la idea es combatir el cambio climático y la crisis medioambiental. Esperemos a que después de todo lo sucedido se puedan generar cambios considerables y encontrar alternativas que funcionen mucho mejor. Por ahora, sigamos aportando de a poco, si hay alguna oportunidad para plantar árboles, cuidar las fuentes hídricas, experimentar con energía renovable y disminuir las emisiones de CO2, hagámoslo. Seamos objetivos y consecuentes.