Ay, mi amada Bogotá, que con tus calles con agujeros y criminalidad tan característica, logras apagar en mí cualquier destello de esperanza; que con tus lluvias desprevenidas y mal humor matutino, no paras de sorprenderme con nuevas personas que pueden hacerme daño, y que con tus trancones infinitos y contaminación mortífera, me impulsas cada vez más a irme del país.

Mi amor por ti no empezó desde hace doce años cuando llegué a ti lleno de ilusiones e inocencia, sino cuando caminé tus calles, recorrí tus caños y le eché un vistazo a tus ollas. Ese deseo tan inquietante de conocerte más y más empezó con el primer atraco que experimenté, tan único y pacífico que nunca temí que partiría de este mundo antes de tiempo, jamás. Eso sí, el segundo, tercero, quinto, octavo y los demás no fueron tan especiales y llenos de pasión como la primera vez, pero tú siempre logras sorprenderme.

Creo que has madurado, madurado en una ciudad mucho más nublada y oscura, quizá por los gases tóxicos que a diario inhalo de ti, pero realmente no estoy seguro. También has madurado en movilidad, porque cada año que pasa, el tráfico se vuelve más y más lento, preguntándome ¿qué es mejor, caminar 2 horas o esperar esa misma cantidad de tiempo en un paradero de SITP? Tú siempre con tus acertijos.

Amo nuestra relación tóxica y tus muestras de afecto tan frías, pero sobre todo amo tu determinante indiferencia a mis necesidades, te haces la difícil y sabes que eso me enloquece.