Durante un buen tiempo estuve convencida de que decir la palabra “no” era completamente aterrador y trastocaba no solo mis principios, sino los de otros. En muchas ocasiones, aunque no deseaba hacer algo, me vi asistiendo a eventos o haciendo cosas de las que realmente no me sentía orgullosa, pero que de todas formas apaciguaba la voz resignada o enojada de los demás. Después de muchos años comprendí que la complacencia era una ilusión y que mi “yo” adolescente en definitiva tuvo que haber dicho “no” en más de una ocasión.

Es difícil aceptar que siempre puse a los demás por delante, hacía lo que ellos decían e incluso había ocasiones en donde sentía que me perdía a mí misma por aceptar cosas que eran completamente ajenas o indignantes. La palabra “no” era tan sencilla como exigente y, de hecho, no estaba aún en mi vocabulario. Yo era la que decía sí a todo, la que nunca faltaba en los planes entre amigos, la que siempre estaba allí, pero resulta que después de un tiempo me terminaba agotando hasta límites insospechados.

Descubrí que la palabra “no” era más poderosa que el hecho de aceptarlo todo, que aquellas dos letras tan sencillas podían darle un giro impresionante a mi vida. Descubrí que la única que debía estar feliz por lo que hacía era yo y no los demás, que hay cierta satisfacción dulce y un tanto agria al pronunciar dos letras a las que estamos acostumbrados desde bebés, y, sobre todo, descubrí que hay cierto placer y cosquilleo físico al negarse a cosas que no queremos hacer.

No nacimos para complacer a nadie, estamos en este mundo para comprender qué es lo que nos gusta a nivel personal y qué otras cosas podemos compartir a nivel grupal. Mis preguntas siempre eran: ¿Y si se enojan? ¿Y si no quieren volver a salir conmigo? ¿Y si yo quiero salir y luego ellos ya no? ¡Qué asfixiante era pensar eso todo el tiempo!, cuando mi única preocupación debía ser “¿Soy feliz con lo que estoy haciendo?” Me agobiaba el hecho de perder amigos por no salir a ciertos eventos que me generaban y producían ansiedad todo el tiempo.

Comprendí que debemos hacer siempre lo que nos gusta, aquello que nos haga sentir libres y tranquilos. No es justo estar siempre pensando en otras cosas y dejar de lado a la compañía más importante que tenemos: nosotros mismos. También entendí que quien quiera estar a nuestro lado, aceptará los gustos que tengamos y no será necesario complacer a otros. ¿Y si se enojan por decir no? Pues que se enojen, ya llegarán más personas que sí comprenderán la etapa en la que estamos y que a su vez quieran vivir eso.

Por ahora, sigamos diciendo a “no” a lo que no queremos, a lo que no estamos dispuestos a hacer y a otras tantas cosas que lo ameritan. Créanme, se siente genial negarse a algo que de verdad no necesitamos en nuestra vida… Es un placer satisfactorio.