Desde que somos pequeñas y pequeños escuchamos cómo el ‘día de la mujer’ se trata de celebrar a las mujeres, pero de una manera específica, que involucra lo material y muchos imaginarios asignados al género.

Este es el día donde les decimos a las mujeres que son hermosas, perfectas, dulces; donde se les da regalos, rosas, chocolates; donde se les dedica canciones (muchas con letras cuestionables); donde reproducimos el mensaje de que las mujeres deben ser valoradas y no se les debe tocar «ni con el pétalo de una rosa»; un día donde, en el mejor de los casos, se les libera, por ejemplo, de la carga impuesta por el trabajo del hogar.

El 8 de marzo, nos enseñaron, es un día donde las mujeres lo son todo, mientras que en lo demás días pueden ser tratadas como nada. En los demás días no somos valoradas, respetadas, sino que, en cambio, somos cuestionadas, desestimadas y violentadas de múltiples maneras.

El 8 de marzo es un día que nace para conmemorar una lucha, no para festejar que «Somos el sexo más bello», «La creación más bonita de Dios» y demás cuestiones que se han impuesto a este día, opacando su origen y mensaje original.

Ahora sí, a lo que iba, ¿qué podemos hacer para acompañar esta conmemoración y ayudar a la lucha de las mujeres?

La cuestión es mucho más sencilla y no involucra ni siquiera un gasto económico. En vez de regalar objetos o compartir mensajes que reproduzcan un sistema opresivo (y dejo la tarea de reflexionar acerca de qué o cuánto de opresivo puede tener todo lo que tradicionalmente hacemos en este día, todo aquello que publicamos o le decimos a la tía, a la amiga o a la abuela), el mejor “detalle” que podemos tener con las mujeres es revisar nuestros comportamientos, creencias y todas aquellas ideas y actitudes que las violentan; es empezar a cuestionar nuestro entorno, las acciones de nuestros amigos, los discursos de nuestros padres; es reconocer los privilegios que tiene el género masculino y las violencias que tiene que vivir el femenino solo por nacer e identificarse de tal manera; y es responsabilizarnos de las violencias que hemos ejercido contra ellas, revisar nuestro machismo interiorizado y retar a los roles de género.

El “regalo” está, el día de hoy y siempre, en creerle a las mujeres cuando cuenten su historia, en vez de hacerlas ver como histéricas, locas y mentirosas; dejar de decirles cómo deben vivir su vida y qué cosas o qué no las hace mujeres; dejar de juzgarlas por lo que deciden hacer o no hacer; dejar de asignarles un lugar y prohibirles cruzar las fronteras, de llamarlas de cierta manera porque no cumplen con lo establecido, de creerlas menos, incapaces, dependientes.

El verdadero “obsequio” —pues no es algo que debamos ganarnos, sino que se nos debe dar en el día a día— está en escucharlas y no levantar la voz sobre ellas para callar su opinión, en pagarles lo justo, darles el crédito por lo que han descubierto o creado, respetar cuando dicen no y dejar de normalizar el hecho de que vivan con miedo. Está en entender su realidad y reconocer que todos —para utilizar el plural neutro— tenemos una deuda con las mujeres, una que no se soluciona con una caja de dulces en forma de corazón, sino yendo en contra de toda aquella normatividad patriarcal que nos han enseñado y eligiendo, en consecuencia, mitigar la cadena de opresión para hacer un cambio.

En muchas cuentas feministas de Instagram he leído que ‘las mujeres celebraremos el día en que ya no tengamos derechos por los cuales luchar,’ y a esto añado: el día que no tengamos que reclamar por una más o una menos, cuando no haya un mundo de historias de violencia para contar y cuando podamos vivir con libertad, ese día será digno del sustantivo ‘felicidad’, y solo allí podremos decir, sin doble moral, «feliz día de la mujer».

Por: Alisson Balero Montoya