Se cumple un mes de la invasión de Rusia a Ucrania, un mes lleno de imágenes desgarradoras, tristes, violentas; un mes lleno de muertos, hambre, lágrimas, llanto; un mes que no se sabe cuándo ni cómo termine. Según la ONU, hay al menos 1.081 civiles muertos; muertos a los que no se les llevará flores y muchos menos se les rezará una plegaria.

Parece que la humanidad no aprende o no se acuerda de las dictaduras, esas que históricamente han demostrado que no dejan nada bueno. Dejar a una persona tantos años en el poder es contraproducente, peligroso, debido a que se llena de orgullo y se cree “Dios”. Los dictadores juegan a ser los amos y dueños del mundo, y acaban con lo que encuentren. Y no solo con lo que encuentren de manera física, sino también con las emociones, sueños, sentimientos, entre otros.

Vladímir Putin se sintió con el poder y con el derecho de arrebatar la paz y la vida de miles de personas, incluyendo personas de su propio país; y, si se lo permiten, barrerá con otros territorios. No le importa su pueblo, su gente, ni la sangre que derramen sus soldados. Aquí lo único importante para él es el poder que pueda adquirir con su estúpida guerra.

Cierro con esta frase del historiador griego Heródoto de Halicarnaso: “Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba”.

Por: Eliana Rivera Moreno