Hace unas semanas un grupo de exmilitares reconocieron públicamente sus actos ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Las declaraciones hechas por los exintegrantes del Ejército eran aterradoras y escalofriantes. Soy consciente de los delitos de lesa humanidad cometidos por parte de las fuerzas militares, pero escuchar en detalle cómo planearon todo, los engaños, los involucrados, eso ya es otra cosa.

En un país serio (porque esto no es más que un circo), ya habrían desmantelado el “glorioso” Ejército Nacional de Colombia; en un país serio ya estarían presos todos los implicados y el presidente de esa época, ministros involucrados y quién sabe qué más funcionarios públicos. Siempre he dicho que me aterra más lo que no sabemos que lo que, hasta hoy, se conoce, porque me temo que lo que ignoramos es peor.

Ese cuento de “todo fue a mis espaldas” no se los cree nadie, tendrían que ser dirigentes con la espalda del tamaño de la Gran Muralla China, lo cual es imposible, o unos tontos que no controlan nada a su alrededor; y nuestros ilustres políticos implicados, de tontos no tienen nada.

Las familias de las víctimas no solo tuvieron que pasar por la pena de perder a sus seres queridos, de no saber en dónde estaban sus cuerpos, sino que además soportar que los señalaran de guerrilleros y quién sabe qué más mentiras.

Hay padres que murieron esperando una explicación por parte del gobierno, sin poder llevar flores y mucho menos rezar unas plegarias en sus tumbas. No puedo entender qué hay en la cabeza de una persona que decide acatar métodos como estos, y la pregunta que todos nos hacemos es ¿quién dio la orden?

Por: Eliana Rivera Moreno