Hace un par de meses perdí a mi padre, un personaje que inspiró respeto entre quiénes lo rodearon. Jamás enfermaba y su fortaleza era tal, que muchas personas preguntaban sobre su alimentación y cuidado, pues era un hombre de 80 años que no aparentaba tenerlos.

Un día empezó a sentirse mal y asistió a un médico particular con la ayuda económica de una de mis hermanas. Con el tiempo lo empecé a notar muy delgado y me aterré, dormía mucho y estaba sin aliento. Una mañana madrugó con mamá al hospital y allí permaneció durante un tiempo, nadie pensó que 8 días después estaría muerto.

No quiero ponerme triste, pues la historia que les cuento es aún reciente y me gustaría hablar, más bien, sobre la experiencia de estar inmersa en el nefasto sistema de salud en nuestro país, los estragos de las EPS y el maltrato que reciben la mayoría de los pacientes.

Cuando entras en algunos hospitales, sientes como si se tratara de un espacio que conduce lentamente a la muerte. En muchos lugares no curan enfermos, sino que suman muertos.

Aún recuerdo las risas de los enfermeros o médicos mientras transportaban los cadáveres a la morgue y pensaba. «Mierda, aquí es algo habitual, la muerte no es dolor, respeto o miedo, es rutina»

Viví tantas escenas en ese lugar que las he querido borrar de mi memoria. Personas con pocas posibilidades en la puerta de la muerte y yo que hasta ese entonces no reconocía lo que le esperaba a mi padre.

Lo cierto es que nuestro sistema de salud no está diseñado para que las personas con escasez de recursos vivan, nuestro Gobierno aún no es garante de una gran mayoría de derechos consagrados en la Constitución Política de Colombia y digo «aún» porque guardo la esperanza de que en algún momento esta realidad cambie.

Confieso que me sentí impotente al vivir esta situación repetidamente y con dos de mis seres queridos, no es sensato, no es humano ni correcto.

Con el tiempo he venido comprendiendo que la muerte es natural, pero ¿por qué no morir dignamente? Y con esta pregunta me refiero a la posibilidad de ofrecer bienestar y un lugar con todas las medidas de prevención, además de una atención especializada. No es justo que algunos procedimientos estén orientados al debilitamiento del cuerpo por culpa de la negligencia médica.

El sentido humano no está implícito en la profesión, la sensibilidad no se compra con títulos universitarios, nuestra responsabilidad social es con la humanidad, la lucha constante por la vida.

¡Tenemos derecho a morir dignamente, en lugares especializados, porque es lo justo y está escrito!