Ayer asistí a una lectura de la Comisión de la Verdad en una de las charlas que se están haciendo los martes por las noches, en Casa-Ensamble. Allí se cuentan hechos testimoniales de mujeres que vivieron diferentes tipos de violencia.

Para mí, escuchar estas vivencias, aunque me llenaron de mal sabor, me hicieron reflexionar. ¿Cómo es posible que existan seres humanos tan indolentes y con la sangre tan fría para cometer este tipo de delitos?

Llegué a mi casa y no podía más que recordar la voz de la periodista María Camila Díaz leyendo el testimonio de una de las tantas mujeres que decidieron hablar para contar sus experiencias desafortunadas e inhumanas; “A la compañera del lado le fue peor, la violaron entre ocho”, como si ella no hubiera vivido aún el dolor suficiente.

Después de haber escuchado la voz de cuatro mujeres apasionadas por el trabajo y la investigación de los vejámenes de la violencia de nuestro país, me preguntaba cómo habían sobrevivido aquellas personas a semejantes atrocidades y cómo se recuperaron a nivel físico y psicológico.

Si a mí me da susto subirme a un Taxi, Uber o a cualquier plataforma digital de movilidad a medianoche (confieso que me he bajado muchas veces de varios carros y pienso que prefiero perder un rato más esperando, a exponer mi integridad física o mi vida en uno de esos vehículos) no alcanzo a imaginar todo el dolor, miedo y angustia por el que tuvieron que pasar ellas.

Según el Observatorio de Memoria y Conflicto (OMS) entre los años 1958 y 2021 se registraron 51.919 mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia. Estas cifras son alarmantes, sin contar con el eje de violencia que se vive en la actualidad y en lo corrido del año 2022.

Así mismo, la violencia en Colombia no solo tiene que ver con armas o guerras, también hallamos violencia desde las pequeñas acciones que desencadenan otras de mayor magnitud, por ejemplo, en cómo se construyen las relaciones de pareja.

Hoy levanto la mano para decirles a todas aquellas mujeres a las que les controlan sus ingresos o aquellas que controlan el ingreso de sus parejas, que no es normal, que las personas no son objetos de nuestra propiedad, aunque nos hayan dado la potestad; la invitación es a identificar este tipo de sabotajes y violencias en nuestras relaciones actuales porque no está ni estará nunca bien.

Identificar a tiempo una situación evidente de machismo evitará que más adelante se deban tomar medidas extremas. Por esta razón, es fundamental revisar cómo se están construyendo las relaciones interpersonales, los acuerdos que se realizan en pareja y hasta qué punto dejo que mi relación esté inmersa en mi economía.

Muchas mujeres permiten que sus parejas se involucren más de la cuenta, es decir, está permitido que mi pareja controle mis tiempos, mi dinero y hasta con quién me relaciono. Esto a futuro se convierte en una relación inhibida o sin voluntad. Los actos de violencia no están únicamente en la agresión física o verbal, sino también se observan desde estas acciones.

Aquellas mujeres que creen que los gritos, insultos o agresiones verbales hacia su aspecto físico no son violencia, a ellas les hablo, porque como dijo Michael Foucault: El pez nunca descubre que vive en el agua. De hecho, porque vive inmerso en ella, su vida transcurre sin advertir su existencia, de igual forma, cuando una conducta es normalizada por un ambiente cultural dominante, se vuelve invisible.

Es decir, si normalizamos los gritos, los insultos o las agresiones físicas hacia nuestra integridad, jamás reconoceremos que estamos siendo violentadas. Invito a las mujeres a no ser partícipes de relaciones insanas, o que consuman su pensamiento de mala forma; aunque haga parte de nuestra felicidad la compañía, si en algún momento es agobiante, es hora de decir adiós.