Desde que tengo memoria de estudiante y empleada he sido amante del café. Estudiar y trabajar al mismo tiempo es una cosa que solo entendemos los colombianos. El café o el tinto, como se le conoce popularmente en Colombia, tiene múltiples beneficios, uno de ellos es la posibilidad de activar el cerebro para el desarrollo de tareas diarias a causa de la liberación de adrenalina.

El café termina siendo un gran confidente en las extensas jornadas académicas y laborales. Al iniciar la mañana me tomo uno; a mediodía, voy con mi madre por lo del almuerzo y me tomo otro; y ya en las noches, depende de mis actividades, preparo el último café de la jornada.

El café se ha convertido en una especie de ritual diario. Un buen día salimos con mis compañeros de trabajo y fuimos a una famosa cadena de restaurantes y mi jefe hizo un comentario que me pareció bastante jocoso. –“¿Pidieron tinto? Esto parece puro plan de pensionados”. Bueno, realmente no era nuestro plan de pensionados, pero con el paso del tiempo empecé a elaborar mi análisis del contexto y sí, el plan es más común de lo que parece dentro del gremio de personas mayores y ¡ups!, creo que me colé de época.

Aunque poco importa desde qué lugar estemos, me ha sorprendido enormemente el costo del café en diferentes sitios de Bogotá. Un tinto en mi barrio cuesta mil pesos, que es un valor bastante asequible; sin embargo, si nos trasladamos al centro o al norte de la ciudad, puede llegar a costar hasta cinco mil pesos.

Sabemos que el costo varía de acuerdo con la experiencia que nos brinde el lugar. No es lo mismo tomarse un tinto en una panadería de afán que tomarse un tinto en un lugar sofisticado. El caso es que nos han vendido la idea y desgraciadamente la hemos comprado.

La indignación tiene lugar, motivo y frecuencia, pues somos un país productor de café. Sin embargo, nos han sabido “meter el gol”. Grandes cadenas de café extranjero han venido a nuestro país a regar franquicias a costos más elevados de lo que nosotros mismos producimos e, irónicamente, exportamos.

En conclusión, deberíamos sacar a esas grandes franquicias de café extranjero. Acuérdese de la canción: «No me dé trago extranjero, que es caro y no sabe bueno». Pero aquí, ay Dios, es caro, y aunque no es extranjero… De que sabe bueno, dejémonos de vainas, sabe bueno… Pilas ahí con la inflación de los costos.

 

¿Cuánto estaremos dispuestos a pagar por un tintico?