No tenemos mayores preocupaciones cuando somos niños. Jugamos, nos reímos y lloramos si nos caemos, lloramos incluso cuando papá y mamá no están de acuerdo con alguno de nuestros comportamientos. Hasta entonces vivimos inmersos en una vida plena, pero no somos conscientes de ello.

Cuando llegamos a la adolescencia empezamos a tener problemas y pese a que no son graves en esencia, en esta etapa algo nos impide observar que la solución se encuentra más cerca de lo que imaginamos y así sucesivamente pasa nuestra vida, hasta que llegamos a la adultez.

Empezamos a darnos cuenta de que no es fácil tener una profesión en Colombia.

Personalmente, recuerdo que me presenté a varias universidades públicas de Bogotá y a ninguna pasé, estaba absolutamente preocupada, no había tenido suerte en los exámenes de Estado y esta situación me impedía tener una formación académica.

Con el paso del tiempo, me di cuenta de que la educación en nuestro país es un negocio, una especie de azar o suerte. Realmente pocas personas cuentan con esta fortuna. En mi caso, me dediqué a estudiar lo que saliera, terminé formándome en algunas cosas que hoy por hoy no han servido de mucho, sin embargo, en cada proceso académico aprendí y aunque no eran universidades prestigiosas o instituciones de renombre, conseguí darle forma a mi hoja de vida.

Luego de pasar por la academia, estoy convencida de que la mayoría de las personas tenemos aspiraciones salariales antes, durante y después de la academia. Recuperar tan siquiera parte de lo que le invertimos en nuestro proceso de formación. No obstante, el panorama es vago e incierto, por lo menos en Colombia, nos topamos con la típica historia del abogado taxista.

Con el paso de los años uno termina pensando en que la mejor época de la vida es la niñez, donde existen pocas preocupaciones y nuestra responsabilidad es simplemente aprender. Recuerdo que mi mamá me decía que la única forma de salir adelante era estudiando y en mitad de mi adolescencia le hallé la razón, a ella y a mi abuela que ya no está.

Aunque en la actualidad se encuentran herramientas educativas digitales y es posible aprender de forma autodidacta, el mercado laboral está infestado de exigencias laborales absurdas. Este mercado le da mayor valor al nombre de la universidad en la que la persona estudió, se le exige una experiencia superior al tiempo de egreso y otra cantidad de incoherencias respecto a las ofertas laborales.

Actualmente, hay hasta promociones de cargos. Ofrecen el salario de una sola persona por hacer el trabajo de cuatro. Una compañera de la universidad me comentó que desafortunadamente los periodistas no tenemos tarjeta profesional y que, por esta razón, la carrera no se considera una profesión, sino un oficio. Tenaz, con razón piden toderos en las ofertas laborales, hasta con las esferas del dragón, por salarios irrisorios.

Pero es que esto no es culpa únicamente de las empresas o de las entidades públicas o del Estado, que poco o nada garantiza la vida digna, esta problemática también es culpa de nosotros, que aceptamos hacer de todo y no sabemos decir que “no”. El colombiano promedio le dice que sí a todo y lo confirmo porque a mí me pasó y lo he visto en los lugares en los que he trabajado.

Es importante reconocer que el conocimiento y el tiempo tienen valor, cada cosa que aprendemos o sabemos es una menos para quién desconoce nuestra profesión. Es decir, si alguien nos contrata para hacer “X” cosa, es porque claramente no sabe hacerlo. Ahora bien, no aguantemos tanto, la vida laboral no nos debería introducir en ambientes tóxicos con buenas remuneraciones, tiene que existir un equilibrio.